alba

En las noches sombrías cuando todas mis penas como negros vampiros sobre mi lecho vuelan; cuando el insomnio pinta las moradas ojeras y las rojizas manchas en mi faz macilenta, me parece que baja la araña de su celda y camina, y camina... y camina sin tregua por mi semblante mustio hasta que el alba llega.

Y les dijo que el buen rey Norandino, rey de Damasco y rey de Siria entera, había hecho a oriundo o peregrino que sido armado caballero hubiera, a la justa invitar que al día vecino convocada en la plaza al alba era; y bien podrían mostrar, sin ir más lejos, que eran su gesto y su valor parejos.

Verde que te quiero verde. Grandes estrellas de escarcha vienen con el pez de sombra que abre el camino del alba. La higuera frota su viento con la lija de sus ramas, y el monte, el gato garduño, eriza sus pitas agrias.

Yo sentí alzarse dentro de mí el ánimo guerrero, despótico, feudal, este noble ánimo atávico, que haciéndome un hombre de otros tiempos, hizo en éstos mi desgracia. ¡Soberbio Duque de Alba!

Pasó la siguiente noche, Y pasaron otra y otras, Y siempre ardia la luz Hasta el alba, en cuya hora Bajaba á la puente misma La misma figura lóbrega, Embozada, solitaria, Recatada y recelosa.

Una triste florecilla Que en los céspedes vegeta, A la luz pura del alba Ricos matices ostenta, Y aroma grato despide, Y jugo abundante deja, Y el cáliz dó el semen guarda Menudas hojas conservan.

Al entrar en la saleta temí que a los ojos me acudiese el llanto: Recordaba aquel día, cuando al besar la mano alba y real de azules venas, sentí con ansias de paladín el deseo de consagrar mi vida a la Señora.

Pero he aquí que cierta injusticia cometida por nuestro Jefe en daño de Ramón; uno de esos abusos de autoridad que disgustan de la más honrosa carrera; una arbitrariedad, en fin, hizo desear al Teniente de cazadores abandonar las filas de sus hermanos, al amigo dejar al amigo, al liberal pasarse a la facción, al subordinado matar a su Teniente Coronel.... ¡Buenos humos tenía Ramón para aguantar insultos e injusticias ni al lucero del alba!

Pedro Antonio de Alarcón

Yo esperaba ansioso el alba, pues no había hallado calma en mis libros, ni consuelo a la pérdida abismal de aquella a quien los ángeles Leonor podrán llamar y aquí nadie nombrará.

Y al contemplar los luminosos rastros del alba luna en el oscuro velo, tiemblan, de envidia y de dolor, los astros en la profunda soledad del cielo.

En las dos noches de que he hablado, poco antes del alba oí cómo Wyatt volvía a colocar la tapa sobre la caja oblonga, introduciendo los clavos en sus agujeros por medio de la maza envuelta en trapos.

Los niños parecen despertarse, mas continúan profundamente dormidos, como todos... La madre los contempla brevemente y torna a su llanto suspendido hasta que el alba se vislumbra por los mismos horizontes...

Antonio Domínguez Hidalgo