perfume
Y por igual motivo, tenía la densa miel un vago dejo áspero. ¡Mas qué perfume, en cambio! Benincasa, una vez bien seguro de que cinco bolsitas le serían útiles, comenzó.
Horacio Quiroga
Vuela por el sobrio y humilde aposento, y hay resplandor de sol en él, y sobre la pobre cómoda exhalan, su perfume unas violetas.
Hans Christian Andersen
El mal hermano se apropió la hermosa planta florida y la puso en su habitación, junto a la cama, pues era preciosa y su perfume una verdadera delicia.
Hans Christian Andersen
Se descubrió la cabeza, fijó los ojos en los bondadosos de la santa, y a su alrededor todo se llenó de brillo y de rosas, que se esparcieron exhalando delicioso perfume; y sintió también el olor tan querido de las manzanas, que venía de un manzano en flor cuyas ramas se extendían por encima de su persona.
Hans Christian Andersen
Arde el jardín en la estival hoguera y en su gran pebetero se consume todo el aroma de la Primavera. Y en su jardín de carne solitario quema en él la Vida su perfume como en las brazas de un gran incensario.
Mi lámpara encendí, pero aún no miro fulgir el aúreo velo que te viste en medio de las sombras nocturnales. Mas ya en las brisas del jardín aspiro el perfume de nardos con que ungiste tu cuerpo para nuestros esponsales.
La luz de los blandones daba triste claridad a la estancia, de cuyo centro enseñoreábase la enlutada camilla; y una ventana abierta de par en par renovaba el aire enrarecido por el perfume de las flores amontonadas sobre el ataúd, y el de los amarillentos blandones.
Después de que se le hubo puesto en el fuego, los Xibalbá comenzaron a oler, todos comenzaron a estar aturdidos, pues verdaderamente agradable era el perfume que olían del humo de la sangre.
Yo, si me inclino hacia la hermosa felina, la bien nombrada, que es a un tiempo mismo honor de su sexo, orgullo de mi corazón y perfume de mi espíritu, ya sea de noche, ya de día, en luz o en sombra opaca, en el fondo de sus ojos adorables veo siempre con claridad la hora, siempre la misma, una hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin división de minutos ni segundos, una hora inmóvil que no está marcada en los relojes, y es, sin embargo, leve como un suspiro, rápida como una ojeada.
El perfume, alma de las flores, espárcese en sutiles oleadas bajo el follaje temblón, mezclado con el olor acre y campestre de los árboles.
Vicente Blasco Ibáñez
Oiga usted, por ejemplo, esta voz, que en un aire inquieto y juvenil de primavera, llega hasta nosotros, anónima: «Como corre la gacela, loca de su propio perfume, por la sombra del bosque, así en esta noche del corazón de mayo, caliente de la brisa del Sur, corro y o loco.
El perfume es hermoso, y esto le basta para justificar su existencia, como tantas cosas de nuestra vida que son completamente superfluas, pero la alegran y la hacen llevadera, inspirándonos un amor más intenso que las cosas útiles y necesarias.
Vicente Blasco Ibáñez